Estudio Teológico ~11 min de lectura

Faltan obreros: ¿Dios está buscando voluntarios?

Simposioteológico
07 de September, 2026

¿Faltan obreros? Sí. Pero ¿significa eso que Dios necesita voluntarios? ¿Está Dios buscando personas dispuestas a llenar puestos vacíos? No exactamente. Entonces, ¿por qué la iglesia busca hombres para el ministerio?

La respuesta bíblica no parece ser que Dios esté tratando de convencer a hombres que Él no ha llamado. Más bien, Dios llama, capacita y envía a aquellos que ha designado, y estos responden en obediencia.

La evidencia bíblica muestra esto con claridad. En Mateo 9:37–38, Jesús reconoce que existe una necesidad real: «La mies es mucha, pero los obreros pocos». Sin embargo, la respuesta que da a esa necesidad es particularmente importante: «rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» (LBLA).

La necesidad existe, pero la solución no es simplemente buscar voluntarios. La iglesia debe rogar al Señor para que Él envíe obreros.

Esto nos lleva a una pregunta fundamental: ¿cómo coloca Dios hombres en el ministerio?

Dios toma la iniciativa

En el Antiguo Testamento, Dios toma la iniciativa. La historia muestra vez tras vez que el liderazgo espiritual comienza con Dios. En estos relatos aparece un patrón teológico bastante claro: Dios escoge, Dios asigna una tarea a un hombre y luego le proporciona todo lo necesario para cumplir esa tarea.

Moisés constituye uno de los ejemplos más claros.

La vida de Moisés se encuentra bajo la guía providencial de Dios desde el comienzo. Dios preserva su vida, permite que la hija de Faraón lo cuide y, después de que huye de Egipto, lo lleva a Madián, donde forma una familia y trabaja como pastor. Todo esto ocurre antes de que Moisés sepa cuál será finalmente su misión.

Al final de Éxodo 2, la atención cambia deliberadamente hacia Dios. Israel gime a causa de su esclavitud y clama. Entonces el texto dice que Dios oyó su gemido, se acordó de su pacto, miró a los hijos de Israel y «los tuvo en cuenta» (Éx. 2:23–25, LBLA).

Luego, en Éxodo 3:7, Dios declara: «Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo» (LBLA). En hebreo, la construcción infinitivo absoluto + perfecto —רָאֹה רָאִיתִי— tiene aquí una fuerza enfática: Dios ciertamente ha visto.

A la luz de esto, Dios toma una decisión:

«Ahora pues, ven y te enviaré a Faraón, para que saques a mi pueblo» (Éx. 3:10, LBLA).

El orden del pasaje es importante:

  1. Dios contempla la necesidad de Israel.
  2. Dios decide enviar a Moisés para llevar a cabo su propósito.

La necesidad no es el marcapasos; el llamado de Dios lo es.

Esto resulta también instructivo cuando pensamos en la petición de Israel por un rey y en el caso de Saúl. Una necesidad percibida por el pueblo nunca puede reemplazar el criterio y el llamado de Dios. El patrón bíblico no consiste simplemente en buscar a alguien que esté disponible. La iglesia debe orar para que Dios envíe obreros.

La suficiencia no está en el hombre

La reacción de Moisés confirma esta verdad. Ante el llamado de Dios, presenta al menos cuatro objeciones.

Primero: «¿Quién soy yo?» (Éx. 3:11).

Segundo: «¿Qué les diré?» Moisés pregunta qué responderá cuando Israel le pregunte quién lo envió (Éx. 3:13).

Tercero: «¿Y si no me creen?» (Éx. 4:1, LBLA).

Cuarto: «nunca he sido hombre elocuente»; Moisés se describe como tardo en el habla y torpe de lengua (Éx. 4:10, LBLA).

Sin embargo, las respuestas de Dios no apuntan a la suficiencia de Moisés, sino a la suficiencia de Dios.

Ese principio es tremendamente importante cuando se evalúa a un hombre para el ministerio. Los hermanos no deberían tratar de convencer al candidato de que él es suficiente. Deben dirigirlo a la suficiencia de Dios.

El llamado no descansa en una confianza extraordinaria en uno mismo, sino en la certeza de que el Dios que llama también capacita.

Josué: un hombre puesto por Dios

Josué es otro ejemplo de que Dios pone hombres en lugares de liderazgo.

Cuando Moisés sabe que su ministerio está llegando a su fin, pide al Señor que coloque «un hombre sobre la congregación», para que el pueblo no quede «como ovejas que no tienen pastor» (Núm. 27:15–17, LBLA). La respuesta de Dios es directa: «Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el Espíritu» (Núm. 27:18, LBLA). Después, Josué es presentado públicamente delante de Eleazar y de toda la congregación y recibe autoridad para desempeñar la tarea que Dios le ha asignado (Núm. 27:18–23).

Más tarde, después de la muerte de Moisés, Dios mismo vuelve a comisionar a Josué. En Josué 1:1–5, el Señor le ordena levantarse, cruzar el Jordán y conducir al pueblo. Y junto con la tarea viene la promesa: «Así como estuve con Moisés, estaré contigo» (Jos. 1:5, LBLA).

Una vez más, Dios llama, Dios asigna la tarea y Dios promete la provisión necesaria para realizarla.

Por eso, la urgencia nunca debe reemplazar el discernimiento.

La pregunta correcta no es simplemente: ¿tenemos a alguien dispuesto?

La pregunta debe ser: ¿tenemos a un hombre en quien se evidencian el carácter, las cualidades y los dones que Dios requiere para esta tarea?

Isaías: antes del «heme aquí» está la visión de Dios

Isaías 6 es quizás uno de los pasajes que más fácilmente se utilizan para llamar a hombres al servicio: «Heme aquí; envíame a mí» (Isa. 6:8, LBLA).

Pero comenzar en el versículo 8 puede hacernos perder algo fundamental.

Isaías 6 comienza en el versículo 1:

Isaías ve «al Señor sentado sobre un trono alto y sublime» (Isa. 6:1, LBLA).

Antes de decir «heme aquí», Isaías contempla la santidad y grandeza de Dios. Y cuando la contempla, no comienza diciendo: «Aquí estoy». Su primera reacción es exactamente la contraria: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy» (Isa. 6:5, LBLA).

Isaías se ve inmerso en su propia pecaminosidad.

Entonces Dios hace que uno de los serafines purifique sus labios. Solo después de esa visión de Dios, del reconocimiento de su pecado y de la purificación divina viene la pregunta: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». Y entonces Isaías responde: «Heme aquí; envíame a mí» (Isa. 6:8).

Esto modifica la pregunta que muchas veces hacemos.

Quizás no deberíamos comenzar preguntando: ¿quién quiere servir?

Tal vez deberíamos comenzar preguntando: ¿quién está mirando la grandeza de Dios?

Jeremías: el llamado no comienza con el hombre

Jeremías 1 presenta el mismo patrón con una claridad extraordinaria.

Dios le dice:

«Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré» (Jer. 1:5, LBLA).

Es difícil encontrar una afirmación más clara. Dios lo había separado.

El ministerio de Jeremías no comienza con Jeremías. No comienza con sus aspiraciones, con su familia extendida ni con alguien que lo convenció de que debía entrar al ministerio. Comienza con Dios.

Jeremías inmediatamente presenta una objeción: «no sé hablar, porque soy joven» (Jer. 1:6, LBLA). Pero Dios responde ordenándole ir donde Él lo envíe y decir todo lo que Él mande (Jer. 1:7). Después añade: «No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte» (Jer. 1:8, LBLA).

Finalmente, el Señor toca su boca y declara:

«He aquí, he puesto mis palabras en tu boca» (Jer. 1:9, LBLA).

Esto establece otro principio fundamental del ministerio: el ministro no es dueño del mensaje; solamente es un administrador.

Ezequiel: primero la gloria, después la misión

Lo mismo sucede con Ezequiel.

El primer capítulo no comienza con la visión que Ezequiel tiene de sí mismo, sino con la visión que tiene de Dios. Después de contemplar la gloria divina, afirma:

«Cuando lo vi, caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba» (Ezeq. 1:28, LBLA).

Entonces viene el llamado.

En Ezequiel 2:1, Dios le dice que se ponga en pie. En 2:2, el Espíritu entra en él y lo pone en pie. Luego viene la comisión: «yo te envío a los hijos de Israel» (2:3), incluso sabiendo que será enviado a hombres de duro semblante y corazón obstinado. Dios le ordena que no tema y que comunique fielmente su palabra (2:3–8).

La misión es difícil, pero la capacidad para llevarla a cabo procede de Dios.

Por eso, el verdadero ministerio nunca comienza con una gran visión de uno mismo, sino con una gran visión de Dios.

El papel de la iglesia: discernir lo que Dios ha puesto allí

Si todo esto es así, entonces el proceso mediante el cual la iglesia afirma el llamado de un hombre es de suma importancia.

La iglesia no crea el llamado. Tampoco posee la autoridad para fabricar ministros. Su responsabilidad consiste en discernir si están presentes las credenciales que Dios ha puesto allí.

Para eso, entre otras cosas, sirve la ordenación.

Podríamos compararla con un filtro de café. El filtro no produce el café; discrimina lo que debe pasar de lo que debe quedar fuera. De manera similar, la iglesia debe examinar si existen dones ministeriales reconocibles, carácter probado, capacidad para enseñar, fidelidad doctrinal y una vida que corresponda con las exigencias bíblicas del ministerio.

De esta forma, la ordenación protege a la iglesia de hombres sin carácter o sin las capacidades necesarias, pero también protege al candidato. Puede ocurrir que un hombre tenga buenos deseos, pero todavía sea inmaduro o simplemente no posea los dones que corresponden a determinada tarea ministerial.

La iglesia no necesita llenar una vacante a cualquier precio. Necesita discernir a quién Dios ha preparado.

El ministro como heraldo

Esta misma idea aparece con enorme fuerza en el Nuevo Testamento por medio de la imagen del heraldo.

John Stott, al presentar distintas imágenes del predicador en el Nuevo Testamento, presta especial atención a esta figura. La imagen es extraordinariamente útil porque reúne varios de los conceptos que ya encontramos en el Antiguo Testamento.

¿Qué era un heraldo?

Era un servidor de la corte real. Su función consistía en actuar como portavoz. Comunicaba públicamente las decisiones y mensajes del rey.

Hechos 14:11–12 ofrece una ilustración interesante. Después de ver lo que Pablo había hecho, los habitantes de Listra identificaron a Bernabé con Júpiter y a Pablo con Mercurio —griego, Hermes— «porque este era el que dirigía la palabra» (Hech. 14:12, LBLA).

Las cualidades del heraldo eran importantes.

Primero, debía tener capacidad para comunicar.

Pero, segundo, debía poseer un carácter específico. Tenía que ser digno de confianza, porque debía comunicar fielmente un mensaje que no le pertenecía. Su tarea no era modificarlo ni mejorarlo, sino transmitirlo íntegramente y hablar con la autoridad de su amo.

Eso describe magníficamente la naturaleza del ministerio cristiano.

Enviado para proclamar

El énfasis del Nuevo Testamento no está simplemente en el título del hombre, sino en su función.

El sustantivo griego κῆρυξ (kēryx, «heraldo») aparece tres veces en el Nuevo Testamento.

Pablo lo utiliza de sí mismo en 1 Timoteo 2:7, donde afirma haber sido constituido «predicador» —la nota de LBLA permite «heraldo»— y apóstol.

Lo vuelve a utilizar en 2 Timoteo 1:11: «yo fui constituido predicador, apóstol y maestro» (LBLA; nuevamente, «predicador» puede traducirse «heraldo»).

Pedro lo emplea para Noé, llamándolo «un predicador de justicia» en 2 Pedro 2:5; nuevamente, LBLA señala como alternativa «heraldo».

Pero el concepto es aún más amplio. El verbo κηρύσσω (kēryssō, proclamar como heraldo) aparece más de sesenta veces en el Nuevo Testamento. Se utiliza para Juan el Bautista, para el ministerio de Jesús y para el ministerio de los apóstoles.

El énfasis del Nuevo Testamento fija la atención en la función del hombre: la proclamación fiel del mensaje que le ha sido confiado.

Por eso Pablo encarga solemnemente a Timoteo: «predica la palabra» (2 Tim. 4:2).

Y Romanos 10:14–15 establece una secuencia lógica notable: invocar, creer, oír, predicar y ser enviado. Pablo pregunta: «¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» y, finalmente, «¿Y cómo predicarán si no son enviados?» (LBLA).

La predicación bíblica presupone el envío.

Lucas 1:19 ofrece casi una definición del heraldo en las palabras de Gabriel:

«he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas nuevas» (LBLA).

Enviado. Hablar. Comunicar un mensaje que proviene de Dios.

Gabriel no inventa el mensaje. Lo recibe y lo comunica.

Lo mismo aparece en Lucas 2:15. Después de escuchar a los ángeles, los pastores dicen que irán a Belén para ver aquello «que el Señor nos ha dado a saber» (LBLA).

La fuente del mensaje vuelve a ser Dios.

Y quizás allí está una de las claves más importantes para comprender el llamado al ministerio.

La iglesia ciertamente necesita obreros. Cristo mismo dijo que los obreros son pocos. Pero la respuesta bíblica a esa necesidad no consiste en reclutar desesperadamente voluntarios ni en persuadir a hombres para que ocupen lugares vacíos.

La respuesta de Cristo es: rogad al Señor de la mies que envíe obreros.

Dios llama.

Dios envía.

Dios capacita.

Dios entrega el mensaje.

Y la responsabilidad de la iglesia es orar, discernir y reconocer a los hombres que Dios está levantando para llevar a cabo su obra.

Referencias Bibliográficas


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